Durante años, la consulta prequirúrgica fue sinónimo de mirar el corazón, los pulmones y la coagulación. Pero hoy, algo está cambiando: la salud del cerebro empieza a ocupar un lugar en esa mesa de trabajo.
No se trata de etiquetar a nadie ni de hacer un diagnóstico psicológico de fondo. Es más sencillo y a la vez más profundo: queremos detectar a tiempo a esas personas que, por su edad o sus condiciones, pueden ser más sensibles a ciertos efectos de la cirugía sobre la mente. Y una vez identificadas, poder anticiparnos, cuidarlas con más mimo, desde que entran por la puerta del hospital hasta que vuelven a su casa.
Esta mirada no nace de la nada. Organismos como Society for Perioperative Assessment and Quality Improvement (SPAQI), European Society of Anaesthesiology and Intensive Care (ESAIC) y Anesthesia Patient Safety Foundation (APSF) ya nos invitan a poner el cerebro en el centro del mapa perioperatorio. Y no es una moda: es una necesidad que la evidencia empieza a iluminar.
Lo bueno es que no hace falta invertir horas ni recursos descomunales. Herramientas como el Mini-Cog o el MoCA caben en el día a día de una consulta, sobre todo en pacientes mayores o con factores de riesgo. Rápidas, sencillas, y con mucho que aportar.
Detectar a estos pacientes de forma temprana no solo da tranquilidad: permite que todo el equipo se coordine, que se tomen decisiones con más criterio, que se ajuste la medicación para evitar efectos no deseados, que se cuide la presión, que se fomente el movimiento, que se mantenga al paciente orientado y que la familia se sienta parte activa del proceso. En definitiva, que cada paso esté pensado para proteger también lo que somos.
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